Navidad en el país de las promesas rotas
“Esta Navidad no llegó con esperanza sino con miedo: miedo a la pobreza, a la inseguridad, a un Estado ausente y a un gobierno que confundió ideología con capacidad. Mientras el poder aplaude sus discursos, millones de colombianos enfrentan mesas vacías, hospitales colapsados y territorios dominados por el crimen. No es un relato opositor, es la realidad de un país que sobrevive mientras le prometen futuro.”
Si el Principito visitara hoy Colombia, no necesitaría telescopio para ver la tristeza. Bastaría con caminar sus calles. En su primer planeta encontraría al Rey, convencido de que gobierna todo, aunque su poder no alcance ni para ordenar la realidad. Decretos abundan, resultados no. La autoridad se proclama, pero no se siente.
En el siguiente planeta estaría el Vanidoso, aplaudiéndose a sí mismo mientras el país se hunde en incertidumbre financiera. Discursos interminables celebran promesas incumplidas, mientras los hogares hacen cuentas imposibles para llegar a fin de mes. El aplauso oficial no llena neveras ni cura enfermos.
Luego aparece el Bebedor, que bebe para olvidar que bebe. Así parece hoy el Estado: justificando errores para tapar errores, decretando emergencias económicas y sociales que ni siquiera resisten la Constitución, como si el problema fuera la norma y no la incapacidad de gobernar. Se bebe el futuro para no enfrentar el presente.
En otro planeta, el Hombre de Negocios cuenta estrellas creyendo que son suyas. Así se administra el país: cifras, balances y relatos macroeconómicos mientras la salud colapsa, los hospitales agonizan, las masacres continúan y el ciudadano común siente que su vida no entra en ninguna estadística. Se cuentan estrellas, pero se pierden vidas.
Más adelante está el Farolero, encendiendo y apagando sin sentido. Reformas que empiezan y se apagan, anuncios que no se sostienen, políticas públicas que cambian según el día. El cansancio no es ideológico: es humano.
El Geógrafo finalmente le muestra el mapa real: un país donde cerca del 70% del territorio está bajo control de grupos criminales, donde la soberanía se diluye y el Estado no llega. El mapa es claro, pero nadie quiere mirarlo.
Y entonces el Principito baja a la Tierra y encuentra lo más doloroso: mesas vacías en Navidad. Padres explicando a sus hijos por qué este año no hubo cena. Madres resistiendo con dignidad mientras la incertidumbre lo invade todo. Aquí la miseria no es relato político: es una vela encendida en una casa oscura.
Pero el Principito también nos recuerda algo esencial: lo verdaderamente importante es invisible a los ojos. Colombia no es solo este momento. No es solo este gobierno. No es solo esta crisis. Colombia es su gente, su resiliencia, su fe, su capacidad de levantarse incluso cuando parece que todo falla.
Esta Navidad no borra el dolor, pero sí nos recuerda que el país no se rinde. Que la esperanza no se decreta, se construye. Que ningún gobierno es eterno, pero la dignidad de los colombianos sí.
A quienes hoy no tienen mesa, a quienes viven con miedo, a quienes resisten con silencio y trabajo honesto: Colombia sigue viva en ustedes.
Feliz Navidad, Colombia.
Que la esperanza sea más fuerte que la incertidumbre,
y que el próximo amanecer nos encuentre de pie