“La Bogotá de las Cinco Caras: la ciudad que olvidó mirar con los ojos del corazón”

“una ciudad que no protege a sus mujeres y a sus niños es una ciudad que perdió su corazón”

En su recorrido por la ciudad, un niño miró alrededor y preguntó por qué Bogotá parecía tener tantas caras. El adulto que lo acompañaba intentó responder, pero ninguna explicación alcanzaba. Al norte, la ciudad mostraba comodidad; más abajo, fábricas y talleres que devoraban los andenes; en el centro, un caos que parecía gritar; luego venían las zonas industriales cubiertas de polvo y ruido; y al final, el sur, donde los niños crecían viendo más rejas que parques. Cada rostro de Bogotá contaba una historia distinta, pero todas dejaban ver lo mismo: una ciudad que se acostumbró al abandono.

El niño se detuvo en una estación de TransMilenio y vio algo que los adultos ya habían naturalizado: mujeres acosadas mientras la gente miraba hacia otro lado, niñas con miedo de subirse a un bus lleno, y pequeños que observaban cómo sus padres discutían con rabia que no entendían. Nada de eso estaba oculto. Todo era visible. Y aun así, la ciudad seguía avanzando como si no lo fuera. “¿Por qué nadie hace nada?”, preguntó. “Porque todos se acostumbraron”, respondió el adulto, y esa respuesta pesó más que el ruido de la estación.

Mientras seguían avanzando, el niño planteó una pregunta sencilla, pero incómoda: quién influía más en lo que somos, si el entorno y la educación que tuvieron los padres, o la educación que recibían los niños hoy. El adulto guardó silencio antes de responder. No se trataba de elegir uno u otro. Los niños cargaban con la historia de los padres y con las fallas de un sistema educativo que hacía lo que podía, pero no siempre lo suficiente. Pretender que el colegio reemplazara lo que se vivía en casa era tan injusto como pedirle a una familia que resolviera sola lo que el Estado no atendía.

El niño escuchó entonces sobre la famosa Ley de Escuela para Padres, un puente que prometía unir lo que se enseñaba en el hogar con lo que se enseñaba en el colegio. Preguntó si funcionaba. El adulto bajó los ojos: en la mayoría de lugares, esa ley nunca pasó de ser una reunión esporádica, un taller suelto o una firma en una lista. Una gran idea olvidada antes de nacer. La ilusión de que una política podía corregir años de abandono emocional sin recursos ni continuidad.

Buscaron también los esfuerzos del Concejo de Bogotá. Sí, habían trabajado, debatido, escrito acuerdos sobre mujeres, familias y niñez. Pero al mirar Barrios Unidos, Los Mártires, Paloquemao, Galán y Tunjuelito, la realidad era otra. Las mujeres seguían siendo vulnerables en la calle y en el transporte; los niños seguían enfrentando entornos que los lastimaban en silencio; y los barrios seguían mostrando que los acuerdos no habían bajado del papel a la vida real. “¿Entonces todo fue una ilusión?”, preguntó el niño. El adulto no respondió. Era difícil decir lo contrario sin mentir.

Fue entonces cuando el niño descubrió que Bogotá no tenía solo cinco caras. Tenía una sexta: la de la indiferencia. Esa que aparece cuando alguien mira a otro lado ante un acto de acoso; la que normaliza el grito en casa; la que deja pasar la violencia como si fuera parte del paisaje; la que dice “no es mi problema”. Esa cara era la más peligrosa de todas, porque era la que más se repetía.

Al final del recorrido, el niño concluyó algo que ningún adulto quiso decir en voz alta: una ciudad que no protege a sus mujeres y a sus niños es una ciudad que perdió su corazón. Tenía razón. Bogotá podrá inaugurar obras, crear políticas y lanzar promesas, pero mientras los más vulnerables sigan sin recibir protección real, la ciudad seguirá siendo un rompecabezas roto. Solo cuando Bogotá aprenda a mirar con los ojos del corazón —como decía aquel libro al que tanto citamos y tan poco entendemos— podrá tener una sola cara: la de una ciudad que cuida, no la de una ciudad que hiere.

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