Un país cansado de los discursos y de la religión convertida en campaña

“A días de cerrar la legislatura, mientras hace campaña hablando de ética, Lorena Ríos deja al país la prueba de lo contrario. Archivó la bandera que la hizo senadora y promovió una ley que entrega la autoridad de los padres al Estado. No fue descuido: fue decisión. Fue cálculo electoral. Fue incoherencia disfrazada de fe. Y hoy, cuando el proceso legislativo termina, su mentira también termina. No siempre que un cristiano vota por un cristiano vota por el Reino. El país no olvida. Y Dios menos.”

Colombia está cansada.
Cansada del discurso fácil, de la fe convertida en campaña y de las banderas que se levantan en elecciones pero se abandonan en el Senado.
Cansada del uso del púlpito como tarima y del nombre de Dios como herramienta electoral mientras la coherencia se desvanece cuando llega el poder.

Durante el último año se enviaron advertencias.
Advertencias escritas con respeto.
Advertencias disfrazadas en forma de cuento, no por cobardía, sino por amor a la verdad y por consideración hacia quien parecía no tolerar una corrección directa.
Se le habló en parábolas para evitar su susceptibilidad, para que entendiera sin sentirse atacada, para que viera lo que venía si seguía ignorando su responsabilidad.

Pero no entendió.
No vio que el cuento era aviso, que el cuento era advertencia, que el cuento era profecía.
Y hoy —a veinte días del cierre de la legislatura— la profecía se cumplió:
su proyecto legislativo fue un fracaso absoluto.

Y lo fue no por falta de oportunidades, no por falta de poder, no por falta de posición.

Fue Vicepresidenta del Senado.
Un cargo que no es decorativo, un cargo que no es simbólico, un cargo que permite mover, presionar, destrabar, ordenar e impulsar proyectos.
Un cargo que abre puertas con el Gobierno.
Un cargo que exige liderazgo real.

Pero mientras tenía esa plataforma, la bandera que más vendió, “Con los niños no te metas”, quedó archivada.
Prometió defenderlos, pero no lo hizo.
Prometió levantar esa causa como centro de su misión, pero la dejó morir en los cajones del Senado.

Y peor aún: no solo no defendió a los niños, sino que hizo lo contrario.

Mientras la bandera provida dormía en su escritorio, ella firmó, apoyó y promovió el reencauche de una política soviética de 1918, conocida históricamente como “Hijos del Estado”, una ley diseñada para quitar a los padres su rol central y entregar la formación de los menores al Estado.
Una idea que destruyó generaciones completas en la URSS porque sustituyó la familia por el gobierno como autoridad moral, espiritual y formativa.

Sí:
Mientras la defensa de la niñez quedaba abandonada, ella apoyó una ley concebida para despojar a los padres de su autoridad.
Una ley que, leída superficialmente, parece bonita:

beneficios, garantías, derechos, inclusión…
Todo suena noble, todo se ve bien…

Pero es una trampa histórica.
Porque cuando uno la lee con profundidad, descubre lo esencial:
La autoridad única y total de los padres desaparece.
La libertad de crianza se debilita.
La familia pierde terreno.
El Estado entra por la puerta grande.

Esa ley no fortalece a la familia: la debilita.
No protege a los niños: los expone.
No reconoce el hogar: lo sustituye.

Y ella —con completo conocimiento, porque fue advertida varias veces— no solo la apoyó:
la hizo posible, la impulsó, la firmó y la promovió.

Mientras “Con los niños no te metas” se moría,
“Hijos del Estado” avanzaba.

Y ahí se revela el verdadero problema:
No es ignorancia.
No es falta de tiempo.
No es falta de capacidad.
Es falta de voluntad.
Es cálculo electoral.
Es conveniencia política.
Es la tentación de agradar a todos sin enfrentar a nadie.

Ella sabía lo que implicaba.
Sabía que esa ley soviética fue un instrumento ideológico para romper la estructura familiar.
Sabía que generó daños irreparables en Rusia por generaciones.
Y aun así la firmó.

Aquí ya no hablo en cuentos: hablo claro.

Mi hija es de Dios, de mi esposa y mía.
No del Estado.
No del Gobierno.
No de ningún ministro.
No de ningún partido.

Ya no más discursos.
Ya no más excusas.
Ya no más apariencia de causa cristiana.

Ella lo hizo.
Ella lo permitió.
Ella lo promovió.
Y lo logró: convirtió una bandera espiritual en una concesión ideológica.

Mientras todo esto pasaba, los pastores eran condecorados.
Placas que parecían reconocimiento, pero eran distracción.
Aplausos mientras los proyectos dormían.
Fotos mientras la niñez quedaba expuesta.

Muchos pastores —de buena fe— no sabían que estaban siendo usados como instrumento de imagen.
Recibían reconocimientos mientras la familia se debilitaba y la niñez quedaba sin protección.

La Biblia lo advirtió hace siglos:
“Mi pueblo perece por falta de conocimiento.”
Y también:
“Si el centinela ve venir el peligro y no toca la trompeta, la sangre será demandada de su mano.”

Hoy la trompeta suena tarde, pero suena.
Hoy la advertencia ya no es cuento, ya no es parábola, ya no es historia: es realidad.

Y una realidad dolorosa:

Falló como senadora.
Falló como creyente.
Falló como líder.
Falló a la niñez.
Falló a la familia.
Falló a la iglesia.
Falló a la nación.

Y cuando vea el documental “Colombia Trans”, entenderá aún más que pudo frenar parte de eso, que tenía la autoridad y la posición para hacerlo, pero eligió no hacerlo.
Ese es el peso de la omisión:
la historia muestra lo que uno permitió.

La legislatura termina.
La historia la juzgará.
Y el juicio ya empezó.

Y que este episodio sirva como advertencia al pueblo cristiano:
no siempre que un cristiano vota por un cristiano está votando por el Reino.
La fe no reemplaza la vigilancia.
El discurso no reemplaza la coherencia.
Y el versículo citado no reemplaza la autoridad moral.

Las elecciones del 2026 serán decisivas.
Quienes lleguen al Congreso manejarán la implementación de la Agenda 2030, una agenda que puede redefinir para siempre la familia, la niñez y la libertad moral del país.
Votar por apariencia es repetir el error.
Votar por “es cristiano” es caer de nuevo en la trampa.
Dios exige discernimiento.
Y la nación también.

Y ese juicio —político, moral y espiritual— ya empezó.
Y no se detendrá.
Porque cuando una autoridad falla en lo que Dios le encomendó, el cielo registra, la historia responde y un país despierta.
Lo que ignoró en consejo, lo enfrentará en consecuencia.
Lo que evadió en advertencia, lo verá en realidad.

El tiempo de los discursos terminó.
El tiempo de rendir cuentas llegó.

En ese día —que ya comenzó— no habrá aplausos, no habrá púlpitos prestados, no habrá cámaras, no habrá excusas.
Solo quedará la verdad.

Y la verdad es esta:
Traicionó su bandera.
Traicionó su palabra.
Traicionó su responsabilidad.
Y el país no olvida.
Ni el cielo tampoco.

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