Cristianos, despierten: la democracia no se predica, se vive con verdad

“Porque vendrá tiempo cuando no sufrirán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oír, se amontonarán maestros conforme a sus propias concupiscencias.”
— 2 Timoteo 4:3

Decía John Locke que “donde termina la ley, empieza la tiranía”, y Abraham Lincoln recordaba que “la democracia es el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”. Pero hoy me pregunto, con el alma entre cansancio y esperanza: ¿En verdad en Colombia hay una democracia sólida, o solo un eco de voces que nos buscan cuando hay que votar y nos olvidan cuando hay que escuchar?

El Principito —o ese niño que aún vive dentro de cada creyente sincero— caminaba por el vasto jardín del Capitolio. Allí vio luces por doquier; todas decían venir del cielo, pero pocas brillaban con verdad. En una esquina observó la plenaria del Senado, un recinto donde las promesas subían como humo y las verdades caían con el peso del silencio. En medio de aquel ruido encontró a la mujer del templo. Hablaba de Dios con voz de promesa y mirada de púlpito. Decía que para llegar allí había que ser ungido… y el niño, curioso, le preguntó: —¿Y los que sacrificaron su familia y sus días para servir sin micrófonos también son ungidos? La mujer sonrió, pero su sonrisa estaba rodeada de asesores.

El niño recordó entonces a Daniel, el hombre que sirvió bajo cuatro imperios sin arrodillarse ante ninguno. Babilónico, medo, persa… y siempre Dios en primer lugar. Pero al mirar a su alrededor, notó que muchos de los “ungidos” de su país hacían lo contrario: se arrodillaban ante el poder, no ante la verdad.

Entonces escuchó a la mujer del templo hacer una pregunta pública, comparándose con Daniel. Y los cielos guardaron silencio. El niño pensó: —¿Será que ella quería respuestas o solo aplausos? Porque en la tierra del Capitolio, muchos no soportan el eco de una crítica. Prefieren los comités de felicitaciones, no las voces de reflexión. Dicen hacer control político, pero cuando el pueblo les hace control moral, la respuesta es el silencio… o la eliminación. Eso no es democracia. Eso es culto a la conveniencia.

El Principito caminó más allá y vio que, mientras unos debatían reformas de salud y tributarias, otros hablaban de alianzas y cálculos electorales. Nadie mencionaba el proyecto que había sido bandera de tantos jóvenes: “Con los niños no se metan”. Esa bandera había sido la esperanza de muchos, y la mujer del templo la tomó como suya. Han pasado tres años y medio, y lo más doloroso es que aquello que fue bandera de tantos jóvenes ya no es más que un papel archivado; lo más seguro es que se vaya a hundir. Lo más triste no es solo que el papel duerma en un cajón, sino que, mientras tanto, de esas mismas manos nació otra ley llamada “Hijos del Estado”, que pone en riesgo lo que el cristiano entiende por familia: porque los hijos no son del Estado; pertenecen al amor y al sacrificio de sus padres. ¿Eso haría Daniel? No. Daniel no negoció principios por comodidad ni usó la fe para ganar favores.

El niño, herido en el alma, miró el recinto donde se mezclaban los discursos con los intereses y pensó: —¿Así se fortalece la democracia? ¿Persiguiendo al que piensa distinto, al que ora, al que cuestiona? Pero nadie respondió. Los senadores solo contaban votos, no conciencias. Algunos, escondidos tras la sombra del púlpito, ya preparaban sus campañas. Otros, que alguna vez hablaron de fe, ahora preferían callar para no incomodar al gobierno que los protege.

Y el niño recordó las palabras de su Maestro: “Vosotros sois la sal de la tierra.” Pero cuando la sal pierde su sabor, ya no sirve sino para ser echada fuera y pisoteada. Así está nuestra democracia: sin sabor, sin firmeza, sin voz profética.

Por eso, hoy no digo “Colombia, despierta”. Hoy digo con fuerza: cristianos, despierten. Si queremos ser sal del mundo, actuemos como tal. Investiguemos, cuestionemos y votemos con discernimiento: no por quien sube al púlpito a decir lo que agrada al oído, sino por quien con su vida y obra defiende lo que proclama. No más fe de campaña, no más religión de micrófono, no más democracia de aplausos.

Porque una democracia sin verdad es solo una liturgia vacía, y una fe sin obras es una lámpara apagada. Ha llegado el tiempo de cambiar la democracia desde los que aún creemos que Dios es la roca más firme. No esperemos más salvadores del templo. Seamos nosotros los Danieles de este tiempo: los que no se arrodillan ante el poder, sino ante la verdad.

Nota editorial: La democracia no se predica, se demuestra con hechos. La solución no es eliminar a quien responde con opinión crítica: para eso existe la democracia. La deliberación pública, el debate honesto y la confrontación de ideas son los mecanismos que sostienen una república sana. Silenciar, excluir o castigar la crítica no fortalece la nación; la erosiona.

A todas las personas de fe y a toda la ciudadanía: no entreguen su confianza por retórica fácil ni por títulos repetidos desde un púlpito. Exijan coherencia entre palabra y obra. Dios nos dio libre albedrío y capacidad de juicio —no para mantenerlos dormidos, sino para usarlos—. Esos dones no son para adornar discursos, sino para transformar realidades. La democracia puede cambiar con nuestras acciones: investigando, preguntando, exigiendo y respaldando a quienes realmente trabajan por la justicia y la protección de la niñez. Si dejamos de votar por apariencia y empezamos a votar por verdad, entonces sí podremos decir que Colombia despertó… porque primero despertaron los cristianos.

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