El último monólogo: La huida del Rey Tirano del planeta Congreso

“En mi visita al planeta Congreso, presencié el último acto del Rey Tirano: un monólogo inquebrantable. No hubo debate ni escucha, solo la voz solitaria de un monarca que exige atención absoluta, pero huye como un ladrón para no ser cuestionado; un gobernante que confundió la democracia con el eco de sus propias palabras”.

El día de ayer, en mi habitual recorrido por los distintos mundos de nuestra galaxia política, aterricé en el planeta Congreso. El motivo era claro: presenciar el discurso de cierre del Rey Tirano. Lo que debió ser un ejercicio republicano de rendición de cuentas y debate, terminó convirtiéndose en una puesta en escena de un “soberano” que cree tener autoridad absoluta simplemente porque exige que el mundo se adapte a sus órdenes, pero que huye ante la menor posibilidad de ser cuestionado.

Desde la perspectiva del análisis crítico del discurso, la intervención no fue un diálogo, sino un monólogo hegemónico diseñado para blindar una narrativa frente a la realidad. Al abandonar el planeta Congreso de manera precipitada, como un ladrón que huye con el botín del tiempo ajeno, el Rey Tirano le cerró la puerta a los nuevos habitantes legislativos. Evitó, a toda costa, que las voces disidentes desmintieran las profundas grietas de su reinado: el colapso previsible en el sistema de salud del magisterio, la alarmante pérdida de soberanía en los municipios doblegados por el "voto fusil" de los grupos armados, y el desfalco de un Ministerio de la Igualdad en el que no hubo tal cosa, sino puro y físico robo.

El Tirano ayer revelo sus diferentes caras, como la del Hombre de Negocios aquel que contaba estrellas creyendo que las poseía solo por anotarlas en un papel, presentó cifras desconectadas de la estructura social. Habló con orgullo del aumento del salario mínimo, ignorando una realidad económica ineludible: en un mercado laboral dominado por la informalidad, donde las empresas ahora prefieren el pago diario sin contratos formales para ahorrarse la seguridad social. La narrativa oficial celebra un número nominal, mientras la clase trabajadora padece la precarización real. Esta es la verdadera Colombia que nos deja.

Pero donde la extrema incoherencia discursiva alcanzó su punto más álgido fue en el terreno ético. Gran parte de su intervención se dedicó a construir una épica en torno a esos "niños en los vientres que dice haber salvado". Sin embargo, cuando la realidad política le exigió enfrentarse a la palabra aborto, el discurso del Rey Tirano se desmoronó en un silencio evasivo: "Eso no es problema mío, es de la Corte Constitucional".

Es aquí donde el análisis exige una pausa rigurosa. Si usted es quien dicta las órdenes en la República y tuvo el capital para sacar una serie de reformas que desfalcaron al país, ¿no le quedaba más fácil poner a trabajar a sus ministros y a su bancada de gobierno para, por lo menos, bajar la cantidad de semanas en el tema del aborto? Resulta insostenible mantener narrativas falsas e insulsas porque Colombia ya no se las cree, y resulta paradójico afirmar ser el baluarte de la vida en uno de los países con mayor cantidad de interrupciones del embarazo. La responsabilidad política no se delega a los tribunales cuando conviene.

Finalmente, el Rey Tirano salió del planeta Congreso habiéndose robado el tiempo. Demostró que en todo su gobierno solo valía su propia palabra, alejándose de cualquier talante de demócrata, porque nunca escuchó a los demás. El resultado de esta negación de la deliberación pública ya lo conocemos.

Queda, a modo de cierre, una pregunta ineludible de cara al futuro. Al analizar a la barra que lo acompañaba, porque congresistas no parecían, sino los súbditos complacientes del Tirano cabe cuestionarse: ¿Tienen la capacidad real para ser oposición? ¿O van a hacer como los altos miembros de su gobierno, donde se demostró a lo largo de estos años que no tenían ni la capacidad, ni el criterio, ni la acción colectiva necesaria para crear un país mejor?

Al final del día, en la política como en la literatura, las palabras grandilocuentes no pueden ocultar el fracaso de la gestión pública. Porque, ante la demagogia y las falsas ilusiones de un monarca solitario, siempre valdrá la pena recordar lo que siempre ha dicho el zorro “lo esencial es invisible a los ojos”, y lo esencial era un gobernante que supiera administrar la realidad, no huir de ella.

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